jueves, 19 de febrero de 2009

En la banca de una Iglesia 1



Señora le tengo buenas noticias…
Yoselin, inicialmente no logro digerir porque la señorita detrás del escritorio, le decía “Señora” mucho menos por que, le tenía “buenas noticias”.

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Las matemáticas nunca habían sido la materia favorita de Yoselin, de hecho, en cuarto bachillerato la había pasado gracias al curso intensivo que llevo a fin de año. Lo de ella era historia, prefería sumergirse en las situaciones humanas que navegar en los números. Para ella no eran mas que fríos símbolos que no daban lugar a divagar o imaginar, eran implacables y no distinguían entre buenos y malos o blancos y negros.
Historia, por el contrario, le resultaba fascinante. Le agradaba ver como podía esta, ser vista de maneras tan disímiles, dependiendo de quien la contaba. Pasando los “Buenos” a ser “Malos” y viceversa.

Pero ese primer día de clases no se pintaba bien.
El frío calaba los huesos, el escritorio que le había tocado, estaba justo en el sitio donde el aire entraba por la puerta y le pegaba en las piernas. Nunca había tenido problemas con los primeros días de clase, le gustaba ver de nuevo a sus amigas, y desde niña disfrutaba las loncheras y mochilas nuevas. El olor a plástico nuevo de los cuadernos inmediatamente la llevaba a esos días de enero.
De pronto un bullicio interrumpio la entrada el aire y entro una mezla de ruido y confusiòn.

- Buenos días. Entrò diciendo Sor Juanita, la directora del colegio. Una monja que casi eran dos. Cada vez que Yoselin la miraba la imaginaba como el volcan de ropa sucia de su casa, un poco amorfa.

Todas se pusieron de pie, como era costumbre.

Yoselin se levantò, restregándose los muslos pues el frío este ya había subido hasta ahí, cuando levantó la vista, pudo ver a la fila de maestros que empezaban a formarse frente a la clase, mientras sor Juanita barajaba varios papeles que llevaba en la mano. Yoselin reconoció a sus maestros del año anterior, excepto al muchacho que había entrado de ultimo. Inmediatamente Yoselin dejo de frotarse los muslos y examino al muchacho que evidentemente no era mucho mayor que ella y al que se le notaba pálido de estar frente a todas esas muchachas.

Yoselin lo examinò todo, le agradó ver sus zapatos lustrados, como le tallaba el pantalón y el impecable quiebre sobre las rodillas. El suéter café que llevaba hacía juego con sus ojos color miel y su pelo, un poco largo para su gusto, pero que le sentaba bien. Le recordaba a un mêdico de una serie de televisión que le gustaba a su mamá, y le imaginò el acento australiano del personaje. Sus ojos se toparon con los de el mientras le examinaba pero los dos reaccionaron volteando la mirada hacia otro lado como lo hacen dos polos positivos de un imán.
Yoselin presintiò que su dia empezaba a cambiar, no tenia idea de como cambiarìa, no solo el dia, si no el resto de su vida.


CONTINUA